Y el colibrí huyó de la jaula, y voló libre

A.S.R. / El Correo de Burgos

Fran Herreros inaugura ‘The cage’ en el Arco de Santa María, su exposición más íntima, simbólica y arrebatadora, con más de cincuenta obras figurativas y abstractas. Hasta el 8 de junio.

A Fran Herreros siempre le ha costado hablar de su obra. Ahora más que nunca. La emoción le puede cuando recorre los cuadros de The cage, su nueva exposición, la más íntima, personal, simbólica y arrebatadora, la que le ha sacado de la jaula cual colibrí para volar alto y gritar ¡Freedom! Cincuenta obras, papeles y lienzos, ocupan el Arco de Santa María hasta el 8 de junio.

Figuración y abstracción se suceden en las paredes en armonía. Ninguna es más que la otra. «La pintura es pintura», dice el autor. Pero es mucho más. Y él lo sabe. Es también emociones, sentimientos, gritos, desahogos, locuras por vivir, corduras que desatar, sonrisas que robar, labios que besar, risas que atrapar, fantasmas a ahuyentar, manos que enlazar… Esta pintura de Herreros es una caricia en la más luminosa oscuridad de la noche, es el color rosa del rastro de unos labios, es la pincelada que corre inocente a jugar al escondite, es una escalera que asciende hacia la libertad, es el dulce agua del río ávida por escapar, es la nieve que tirita en blanco, rosa y morado, es una revelación llamada Cy Towmbly, es una bombilla que se enciende y se apaga, se enciende y se apaga, se enciende y… no se apaga.

«Quiero que mis obras hablen, que transmitan, que no pasen desapercibidas, que cuenten historias al espectador, pero sobre todo que generen emociones, buenas o malas», señala el pintor e insiste en una pintura «profundamente honesta».

Esa honestidad se agarra a cada cuadro, aunque el autor los mira a veces receloso, como si no los conociera. Confiesa que cuando verdaderamente disfruta es cuando lo está realizando, los dos en el estudio, un baile en soledad, agarrado e íntimo unas veces, desgarrador y pasional otras. Han sido muchas horas, muchas noches en vela, una carrera a contrarreloj, que ha llegado en tiempo a la línea de meta, y sin abandonar. No las tenía todas consigo, pero levantó los brazos.

Al sacarlos de allí, dice, ya son otros. Ya no son solo suyos. Es momento de iniciar otra danza.

«Me gusta transmitir fluidez, ser generoso con las personas que los observan y también con mi entorno. Es una manera de agradecer a muchas personas su apoyo», anota y hasta él mismo se sorprende de que The cage haya resultado finalmente su colección «más colorista, la que más fuerza tiene».

Cree que algo tiene que ver su cada vez mayor convencimiento de que los adultos deben aprender a pintar como los niños, con generosidad, sin miedo a nada, ni al que dirán. Él lo hace. Poco le importa si en sus abstractos alguien solo llega a ver garabatos, si encuentran infantil la constante presencia de recortes de Mickey Mouse, que, como la omnipresencia de la Gioconda, no tiene explicación…

Aparece también un viejo programa de cine de La melodía interrumpida, con Eleanor Parker, que guardaba su padre, un fotograma de Un perro andaluz o una imagen de Marilyn. Son solo atrezo. Porque los protagonistas de esta historia son dos colibrís que vuelan, más alto, más bajo, con el pico afilado, que se retroalimentan, que chocan, que vuelven, que luchan por salir de la jaula… y lo consiguen.

Una de las novedades es la introducción de texto. Del génesis, Melodía intensa, Silencio que habla, Sensitivity, Ave Fénix, Lo que la verdad esconde… Freedom.

El que no es nuevo es el rosa. Siempre. El sueño rosa. Sigue sin saber por qué. «Me tiene subyugado». Pero aparece hasta en la noche más profunda. Y otra vez la honestidad. «Es fundamental. El pintor debe estar seguro de lo que ha hecho. Si puede defender su trabajo estará bien. Y aquí está. He plasmado mis sensaciones con mayúsculas».

La melodía de los trazos

The cage irrumpe con sorpresa en la Noche Blanca. El reloj sonará a las 23 horas y Fran Herreros comenzará a pintar un lienzo de 5×4 metros. Varios micrófonos recogerán el sonido de cada pincelada y el músico David Romero-Pascual improvisará una melodía al mismo ritmo. La plasticidad de la pintura se fundirá con los sonidos en una danza peculiar sin secretos para el público, que asistirá en todo momento al proceso completo, que durará unos 80 minutos. A las 00.30 horas, las disciplinas volverán a conjurarse para dar lugar a una segunda performance.

mayo 17th, 2014 Publicado porfranherreros.com Categoría:Blog